El fin de los sueños

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Voy a inaugurar una nueva sección en este blog, y es que, a partir de ahora, cada mes, reseñaré un libro especial que me haya llegado alma, un libro que me inspire lo suficiente como para escribir de él e incluso dibujar. Mis palabras nacen siempre de la nada, pero mis dibujos se construyen a partir de mi deseo de reflejar dichas palabras… Libros que reflejan, como espejos, nuevos mundos a los que asomarse, sí, de eso se trata. Libros-espejo, Empezaré pues con uno de mis favoritos que leí allá por mayo…

El fin de los sueños, de Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina

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(Aviso que esta reflexión sobre la obra está hecha con fines puramente ociosos y desde mi opinión subjetiva como lectora de la misma, además, contiene algunos spoilers, pero eso sí, debidamente señalizados).

Antes de comenzar con mi reflexión, quiero ponerle un poco de música a esta lectura, pues un libro acompañado de una buena taza de té chai y una banda sonora es una experiencia de lo más placentera. En este caso, la canción que he deseado asociar a la lectura, es vibrante e intensa, como exigía la ocasión, y podéis escucharla aquí.

La portada de El fin de los sueños me encanta. En  algunas reseñas leí que era horrible, que echaba para atrás… Bueno, pues no, a mí me gusta el dragón enredado en la torre y esas macabras alas de mariposa (o váyase usted a saber qué bicho, que si el libro lo ha escrito Cotrina yo no me fiaría…) de fondo. También me ha parecido muy cuidada la edición, y aunque creo recordar que vi alguna falta (creo que era una, literalmente) no tengo queja, porque la perfección no existe, vamos a ver. Además, me encanta la fuente de letra que han escogido tanto para el título como para los capítulos. (Aunque un índice no me habría venido mal, la verdad, lo acabo de descubrir ahora que me he puesto a buscar fragmentos del libro).

Lo cual me lleva a los nombres de los capítulos, que me encantan. Como escritora, soy de esas aburridísimas personas que se limita a poner “Capítulo 1”, “Capítulo 2…” y si me siento un poco más original ese día (y erudita) voy a por los números romanos, aunque eso siempre que no tenga trescientos mil capítulos, porque, ¿os imagináis algo así en el índice?

Capítulo MCMXCVIII

Hasta a mí, que he estudiado griego clásico y latín se me hace… demasiado pedante. Así que, como iba diciendo, me declaro fan de la habilidad que tienen estos dos autores de buscar títulos divertidísimos para sus capítulos (que quedan genial en una historia de tintes terroríficos como es esta). Por ejemplo, algunos de los que más me han gustado:

El melocotón no es un color. (Aunque… sí, ¿no?)

La casa la pagáis en caramelos. (En cuanto lo leí no pude esperar a devorar el capítulo, me parece estupendo eso de pagarme mi futura vivienda en dulces… aunque depende de cuántas toneladas estemos hablando.)

La muñeca, el duendecillo, el inocuo, el paranoico y el mutante. (Una descripción sencilla y efectiva de los cinco protagonistas de la novela, por cierto, el más simpático es el mutante… ahí queda eso.)

Pelo negro como cerrar los ojos. (Excelente metáfora, especialmente para mí, que estoy obsesionada con describir los colores con otras cosas que no sean sus meras denominaciones.)

Una explosión o algo así. (Perfecto, al fin encontré a alguien tan indeciso como yo a la hora de explicar qué demonios fue lo que ocurrió.)

Una wakizashi para la señorita. (Y aquí fue cuando Tarantino se coló entre las páginas del libro… No, realmente se refiere al sueño de toda señorita recatada, entre las cuales me incluyo, así que ya saben, nada de regalarnos colonias en cumpleaños y apunten, apunten como se deletrea este bello instrumento japonés).

Y ahora, los personajes. Porque en esta historia me he enamorado de cuatro personajes. No intentéis buscarle lógica alguna a mi pasión, porque no la hay, pero como en todo enamoramiento una quiere charlar y divagar sobre el objeto del deseo (mis cuatro objetos del deseo, en este caso) así que me voy a dar el gusto de ofreceros algunas pinceladas sobre  estas cuatro personas, todas atractivas hasta en sus imperfecciones.  Tres de ellas son personajes femeninos, tres soplos de aire fresco en mi panorama literario.

Aunque no creo mucho en esto del género, biológicamente nací mujer (yo no lo elegí, me tocó en lotería) y he de reconocer que la mayoría de las veces en las historias (ya sea en literatura, cine o en novela gráfica) los personajes femeninos son una mierda. Y perdonad la palabra, pero es que tengo que dar a entender mi descontento, por decirlo de alguna manera. Y todo esto viene a raíz de que una vez, ya en la universidad, se me ocurrió pensar en mis personajes literarios favoritos, y me di cuenta de que todos, sin ninguna excepción, eran masculinos (Lestat de Lincourt de Ann Rice, Fantasma de Poppy Z. Brite, Eli y Oskar de John Ajvide… por poner algunos ejemplos.) Y cuanto más me devanaba los sesos intentando buscar alguno que fuera femenino, más me daba cuenta de lo poco que me gustan las chicas de literatura, de los falsos prototipos femeninos con los que nos bombardean una y otra vez sin descanso y que a mí no solo no me hacen ninguna gracia sino que además me agobian, me hieren, me hastían.

Pero en esta novela (¡oh sorpresa, oh maravilla!) mis personajes favoritos son chicas (menos uno) y eso es tan… novedoso. Así que gracias, gracias a ambos autores por salirse un poco de las convenciones y regalarnos(me) a estas curiosas personas.

Lydia

Su personaje está tan relacionado con las mariposas que por un instante pensé que hasta el significado de su nombre sería ese. Pero no. Lydia es el nombre latino de una región de Asia Menor (lo cual no tiene nada que ver con la historia, obviamente, y solo demuestra que soy un poco más rebuscadilla que sus autores). Pero mira por donde, a mí que nunca me ha gustado este nombre (me parece que es el de una niña rubita y mimada, algún trauma infantil con compañeras de la guardería, seguro) con esta historia se me ha curado un poco la aversión.

Lydia es una misteriosa chica de unos quince años que se les aparece a los protagonistas en forma de sueño… erótico. Y ya se sabe, thanatos y eros son lo que mueve el mundo, y, por tanto, a nuestros cinco queridos amigos (mutante incluido) a iniciar su búsqueda. Me gusto particularmente la forma con la que se describe este personaje al principio de la historia:

“Lo primero que pensó Anna fue que aquella desconocida era la persona más hermosa que había visto nunca. Lo cual era un pensamiento un tanto extraño, porque no había nada bello en especial en ella. Estaba demasiado pálida, hasta el punto de parecer demacrada, con ojeras debajo de unos ojos grandes y redondos de un color chocolate bastante común […] Una parte de Anna […] susurraba “tiene las piernas demasiado cortas” pero otra, que solo podía venir de sus propias entrañas, gritaba de forma ensordecedora: “Es la persona más hermosa que he visto nunca”. La chica morena tomó a Anna de la mano. La sutileza de su contacto, la suavidad de sus dedos, la sorprendieron. “Creo que jamás he tocado algo así.” Era mejor que la seda […] mejor que la pelusa del gato de su amiga Irene. Era una de las cosas que más deseaba en el mundo tener un gato, pero su madre no quería oír ni hablar de tener animales en casa. Mirándola bien, la chica morena tenía un deje felino, con su movimiento lánguido y sus miembros delgados. […] “Ponle un cascabel y ya tienes a tu gato”, canturrearon las voces en su cabeza. (pp. 32-33).

Y otra frase que se refiere a la descripción de Lydia y me fascinó…

“La media melena negra que resaltaba contra la palidez de su piel; los ojos enormes, de un penetrante color oscuro; sus curvas, rotundas, desasosegantes…” (p. 52).

No sé por qué, pero eso de que unas curvas femeninas sean desasosegantes me pareció enormemente descriptivo a la hora de imaginarme el personaje, así que, por favor, un aplauso para los dos autores.

Lydia es, para mí, (spoilers sobre la trama) la antítesis y al mismo tiempo complemento del Monstruo de esta historia. Porque sí, también hay algo monstruoso en ella, en su enorme poder de atracción y también en su pasmosa habilidad como soñadora lúcida. Sin embargo, (retahíla de spoilers…) a diferencia del Monstruo, ella aun no ha perdido del todo su humanidad, y es capaz de sentir empatía por los cientos de desdichados soñadores que se ven obligados a existir en el infierno creado por su contrario. Al principio, da la impresión de ser un personaje vulnerable, una desdichada princesa que aguarda a quién la rescate en su torre, pero nada más lejos de la realidad, puesto que enseguida se nos revela como una especie de sacerdotisa entre dos mundos, un ser etéreo (no olvidemos que ha estado conectada a una máquina soñando ininterrumpidamente desde que tenía diez años) pero capaz de comunicarse con los protagonistas usando su cara más humana. Ella tuvo la suerte de la que el Monstruo careció: encontró un maestro y usó su propio poder onírico para el bien de la humanidad (aparentemente, porque aquí me pregunto, ¿qué es el bien, qué es el mal? Las personas que crearon al Monstruo fueron las mismas que enchufaron a Lydia a su estado de sueño permanente y, desde luego, no se merecían una palmadita en la espalda por ello).

También es un personaje muy voluptuoso, ya que por ella suspiran los protagonistas, aunque parece ser que la única que llega a su corazón (¿o fue también esto el reflejo del sueño?) es Anna. Me gusta mucho su aparición en el epílogo de la historia spoiler!), donde se da a entender como al fin ella y el Monstruo han terminado por unirse en una especie de yin y yan que sustenta un universo paralelo. Me pareció un final poético y hermoso, una nota agridulce perfecta tras el espectacular clímax de la historia.

¿Qué decir? Yo también me he enamorado un poco de Lydia, aunque, definitivamente, he echado de menos saber más de ella. Es curioso. En esta historia, la mecánica del mundo que presentan sus autores es tan, tan perfecta, que los personajes pasan a un segundo plano, lo que hace que lectores quisquillosos como yo ansiemos conocerlos mejor, especialmente si nos enamoramos de ellos, como me sucedió a mí. Pero ya se sabe, cada obra literaria ha sido creada para un lector ideal…

Anna

Si bien Lydia me cautivó por sus cualidades casi sobrenaturales, Anna me ganó porque pude identificarme con ella a nivel personal. Me pareció un personaje femenino soberbio, una adolescente que tiene un poco de eso que todas hemos sentido en algún momento de nuestras vidas. Y también me pareció increíblemente hermosa y arrebatadora su manera de amar, de no sentir vergüenza ni culpa. Ojalá llegue el día en que yo también sea capaz de darlo todo por un sueño, creo que cuando uno es capaz de echar su vida al aire así, es cuando se hace realmente libre (sí, me estoy emocionando al escribir esto, ¿algún problema?)

Veamos un poco lo que le pasa a Anna por la cabeza, a esta niña rubia y alta que aparentemente es la chica perfecta de la clase:

“A su madre no le gustaba comer, y animaba a Anna a que siguiera su ejemplo. […] Cordelia estaba orgullosa de su cuerpo delgado y fibroso, y parecía obsesionada con conseguir que el de Anna fuera igual. No se atrevía a llevarle la contraria, pero cuando se miraba en el espejo a veces deseaba tener un poco más de carne que cubriera sus huesos de hija modelo” (pp.57-58).

Y permitid que parafrasee lo que viene a continuación, pero es que me encantó esa parte en el libro. Resulta que Anna, de vez en cuando, especialmente cuando ya está más que harta de estudiar para ser la hija perfecta, se va a comprar galletas saladas, toda una rareza en Ciudad Resurrección. Se las compra a una tendera, Carla:

“Los muslos de Carla eran fuertes y abundantes, y Anna envidiaba en secreto su ancho trasero que se movía, poderoso, entre los baldes y expositores. Le daba escalofríos pensar qué opinaría su madre de un trasero como aquel […]” (p.58).

Me parece que estas citas dejan clara la naturaleza de Anna, creo que ella, a pesar de haber sido criada en un entorno encorsetado que la fuerza a doblegar su cuerpo y sus instintos más primarios en pos de la inteligencia o la belleza física, ha nacido para disfrutar el mundo a través de los sentidos, es una criatura de placer. No solo es que le encanten las galletas saldas y se deleite comiéndolas (que me parece estupendo), sino que también es la que siente ese amor, que yo también calificaría de sexual, a flor de piel, además de las emociones, como cuando habla de Lydia:

 “La chica morena [Lydia] soltó a Ana, y esta sintió como si le hubieran arrancado una extremidad. La poseyó una melancolía de mutilada, en memoria del miembro fantasma que insistía en su ausencia.  Sabía ya que, a partir de ahora, todos los días serían días en los que le faltaría el cuerpo de Lydia abrazado al suyo.” (p. 200).

Esto es tan diferente a lo que siente Ismael, el co-protagonista masculino junto con la propia Anna, que también está enamorado de Lydia pero analiza este sentimiento desde un punto de vista mucho más racional, llegando incluso a intuir que dichas emociones pueden tratarse de una de las muchas trampas del Monstruo. De hecho, esto es algo que yo misma me pregunté a lo largo de la novela, pues si bien es cierto que Lydia es bastante empática, no deja de ser una criatura etérea, más cercana al Monstruo. Y entonces fue cuando, al final de la historia, llegué a esta parte en la que vuelve a tener un encuentro con Anna.

“Se agachó y acerco su rostro al de Lydia. Los ojos de la chica morena, enormes  y abiertos, la seguían, pero no dijo nada. Anna sintió que el corazón le saltaría, que saldría de su boca y huiría, que la dejaría muerta e inerte, cadáver sobre aquel cuerpo cálido y curvo. Lydia habló:

-¿Sabes que no era yo, verdad? La chica con la que soñaste. No del todo.

-Lo sé –dijo Anna-. Tú eres mucho mejor.” (p. 340).

¿Quién no se ha sentido alguna vez así cuando se ha enamorado? Además, me encanta el original giro de esta historia en la que la protagonista está enamorada… de la otra protagonista, en lugar de la típica relación (lo siento, pero es que está muy visto) de chica y chico protagonista. Además, los dos autores tratan esta relación con muchísima naturalidad, no es el foco de la historia ni muchísimo menos, simplemente una circunstancia. Y quiero recalcar esto porque la realidad es así, con infinidad de aristas y variantes, las chicas se enamoran de otras chicas, de chicos y puede que hasta de sus gatos (?) Y es una alegría ver como la literatura poco a poco lo va reflejando, en lugar de recurrir a esas fórmulas tan manidas de las historias clásicas. Así que, otro aplauso para los autores, por favor.

En resumen, el personaje de Anna es el que más me ha gustado de la historia, la adolescente atrapada entre libros de estudio y expectativas maternas que sueña con disfrutar de la parte sensual de la vida y no tiene ningún miedo de salir de su crisálida para alcanzar a la mariposa.

Cordelia

Anna y Cordelia

Anna y Cordelia

Pues sí, la madre de Anna. Cuando se la describe al principio como esa mujer obsesa del control que solo quiere que su hija sea delgada y estudiosa y que, además, se case con un buen partido, me pareció un personaje horrible. Una especie de Mrs. Bennet (la antipática figura materna de la novela Orgullo y Prejuicio). Pero luego se la describe más a fondo en la novela, y, ¿qué os puedo decir? Me empezó a gustar. Es un personaje que se sale de su propio molde y, la verdad, yo siempre admiro a las mujeres fuertes, aunque sean Lady Macbeth de Shakespeare o Cersei Lannister con George R. R. Martin en la archiconocida Canción de Hielo y Fuego. Y Cordelia (que también le debe su nombre a Shakespeare, si no me equivoco) está en la línea, así que me alegro de que los autores le dedicaran dos capítulos (pese a ser un personaje secundario).

 

“[…] Cordelia sabía que solo los más fuertes llegaban a los niveles superiores […] Y los más fuertes  no eran los más inteligentes, ni mejor preparados, sino aquellos que estaban dispuestos a tomar determinadas decisiones, los que eran rápidos e intuitivos, aquellos que sabían aprovechar las oportunidades  y no dejar que sus principios personales impidieran su progreso. Si alguien le hubiese preguntado si se consideraba una persona ética, moral […] ella no habría dudado en responder que la bondad era para los débiles, que en un mundo en el que los demás no iban a hacer nada por ti era absurdo hacer algo por los demás.” (p. 132).

Me encanta esta reflexión de Cordelia. Puede parecer el típico pensamiento de una mujer con muy pocos escrúpulos, pero venga, leedla otra vez… ¿no es toda una filosofía de vida? Cruda, sí, ¿pero no es así la vida? Cada vez tengo más claro que los que consiguen cosas son los que no dejan pasar ni un tren, aquellos que se suben para viajar, sin importarles que el destino pueda ser el mismísimo infierno. Y empiezo a pensar que más vale vivir una vida sí que la angustia de un letargo interminable en el limbo de lo que pudo ser y no será jamás. Así que, y aun sabiendo que esta mujer no la querría yo como madre (o tal vez sí, porque creo que prefiero su herencia genética a la del padre de Ismael) brindo por ella, porque tenía un par, cosa de la que no muchos personajes de la historia pueden alardear. Por no decir que es tan intensa como su hija, aunque ambas lo sean de manera diferente debido a las circunstancias (se supone que la madre vivió una posguerra).

Y perdonadme, pero tengo que mencionar la frase clímax de este personaje, que aparece en el momento justo en el lugar indicado para quedarse bien a gusto al espetarles a un par de esbirros (y el término es dulce para definir a esos operarios):

“-¿Quién diablos es usted, señora? –rugió el guardia, enfurecido […]

-Mi nombre es Cordelia Travaglini, código alfa del Departamento de Recuperación del Espacio. Lo que me convierte, si no me equivoco, en tu puta superiora. Y si vuelves a mirar a mi hija, te juro que además de los dedos te obligaré a tragarte tus propios testículos.” (p. 276).

Solo diré que quiero ser Cordelia Travaglini por un momento, solo por tener el privilegio de decir esa frase tan… épica. Y con todo, yo pensaba que este personaje iba a terminar mal, muy mal. Sin embargo, en la última escena spoiler!) en la que sale, herida de gravedad y apoyada en otro de los protagonistas, Dominic, tuve una especie de revelación divina e imaginé ambos personajes, tan desdichados y malditos ellos por diversas circunstancias, juntos en un destino común. Por un lado (¡spoiler del tamaño de un iceberg!) Dominic es un joven atormentado por la culpa del crimen que, supuestamente, su hermano Zola cometió, que además debe aguantar las recriminaciones del mundo en general por este hecho, que se arma de valor para acabar con la vida de su hermano al averiguar que sigue vivo… para resultar al final que dicho hermano ni era asesino, ni malvado, sino más bien el salvador… perverso, ¿no? Terriblemente traumático aunque estemos con un libro de Cotrina. ¿Cómo podría vivir yo después de semejante afirmación? (¿Y cómo pueden vivir los autores después de ser tan crueles con su propio personaje?) Y, por otro lado, Cordelia también está un poco muerta, o, al menos, su alma está parcialmente congelada por culpa de la guerra y todas las circunstancias duras a las que ha tenido que sobrevivir. Su único hálito de esperanza es su propia hija (aunque su manera de educarla sea un tanto… cuestionable). Al final ella también parece perder a Anna, quien acaba rechazando todo aquello que su madre pretendía imponerle. Por tanto, estos dos personajes están a la deriva, son como dos naves fantasmas perdidas en la inmensidad del océano, y yo les imagino juntos porque… porque Cordelia necesita un jovencito y Dominic una mujer madura y fogosa, juntos serían un pedazo de hielo ardiente. (Soñar es gratis, ¿no?) Y si no, estad de acuerdo conmigo, al menos, en lo poético que es este fragmento…

“Una mano se posó en su hombro. Levantó la vista y reconoció a Dominic, el chico de ojos insoldables que había matado a su hermano y le había salvado la vida. Reconoció en su rostro la misma expresión contenida de desesperación, de pérdida, que imaginaba en su propia cara. Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió juzgada, reprochada. Dominic se sentó a su lado y Cordelia se apoyó con lentitud y cuidado en su hombro.” (pp. 370-371).

Armind Zola

Armind Zola y Lydia

Armind Zola y Lydia

Como sucede con Lydia, también hay algo de fascinante en este personaje, quizá tenga que ver con el halo de misterio que le envuelve, o con una capacidad fuera de lo normal (también onírica). Son las cosas extraordinarias lo que nos suele atraer en otros, y yo no iba a ser la excepción a la regla. De Zola sabemos muy poco durante la primera parte de la historia: si a caso se le describe como el malo malísimo, la persona que estuvo a punto de terminar con la civilización (más o menos). Pero luego (spoiler coming…) el Zola personaje aparece en la historia de verdad, y lo hace acompañado de un par de caballitos azules del tamaño de insectos y demás detalles tan absurdos como deliciosos… Adoro ese tipo de locura surrealista que lo empapa todo y nos hace percibir la realidad como si nos hubiéramos tomado setas alucinógenas. Así que este personaje me cautivó, por sus frases tan divertidas (entre lo surrealista y la verdad más obvia) y la extraña sabiduría que las impregnaba. La primera vez que aparece los autores son más bien parcos en su descripción:

“[…] era un hombre de mediana edad, apuesto y esbelto, con unos penetrantes ojos verdes […]” (p. 199).

“[…] unos ojos dotados de una intensidad arrebatadora, unos ojos que parecían estar burlándose de la creación entera.” (p. 206).

Cada vez que habla suceden cosas extrañas con este personaje, como que le salgan raíces de árbol de los pies, o una lluvia de florecillas violetas se le escape de entre los cabellos…

Zola es un Maestro, hay algo de su esencia en el mundo onírico, él, en cierto sentido, es ese mundo onírico donde van a parar los protagonistas, o al menos la llave que gira las mil cerraduras y les permite entrar. A través de su voz conocemos la siniestra historia de cómo se creo la nube (el lugar donde se almacenan todos aquellos sueños prefabricados a los que la gente puede conectarse diariamente), es un puente de paso, una transición obligada en la narración, pero digamos que yo me he quedado atrapada allí, admirando las vistas, porque este Zola es la clase de persona con la que yo querría soñar muchas noches. En mi cabeza me lo imaginaba tan cambiante como la propia realidad onírica, pues de los cuatro personajes que he reseñado, es el que menos humano me parece, y de ahí su encanto.

En resumidas cuentas, este libro es un trébol de cuatro hojas que te puedes encontrar por casualidad mientras, en verano, te adormilas en un prado a la sombra. Entre cientos de páginas que cuentan una y otra vez las mismas historias y nos venden una y otra vez los mismos tópicos transmitidos durante generaciones y siglos, hay veces que te lees un libro y sientes haber tocado algo un poco más real, más fresco…

Raramente autores en español me conmueven, sé que los hay muy conocidos pero a mí no me suelen decir nada, sin embargo de Campbell y Cotrina solo quiero decir que me dejan muda de admiración con sus palabras, no solo porque son corrientes que se atreven a transcurrir por cauces diferentes, sino que también es admirable la compleja estructura que saben crear a cuatro manos sin que se les venga abajo en ningún momento, y no solo hablo de su novela, sino de la experiencia de conocerlos, escucharlos y compartir con ellos una mesa redonda, oportunidad que disfruté y de la que aprendí mucho en la Wizarcon de Madrid este pasado mes de julio. Sin duda esta pareja literaria es de lo más singular, y no puedo desearles sino una larga vida en común, y a ser posible muy fértil en vástagos encuadernados.

Por tanto, y para finalizar, querría recomendar este libro a todos aquellos que quieran leer o regalar un libro diferente que tenga como escenario el mundo de los sueños, aderezado todo con una buena dosis de terror, ciencia ficción y personajes que (gracias, gracias, nunca dejaré de agradecerlo) se salen de lo ordinario para descubrirnos una serie de nuevas imágenes que revitalizan tanto como un granizado de limón en este caluroso verano.

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