Olas en el papel

elsardinero

 

Cuando hacía este dibujo, estaba en la playa.

 

Quería bañarme, pero me daba vergüenza. Me daba vergüenza enseñar mi cuerpo en bikini, especialmente porque no me había depilado en alguna de las mil partes diferentes donde las chicas tenemos que depilarnos cuando nos ponemos un bikini. No lo había hecho por pura pereza, porque pensé que no merecía la pena, ni el dolor, por un solo día de baño en Santander (donde es difícil encontrar ganas de bañarse, porque siempre llueve y hace fresco).

Mis amigas jugaban con las olas, felices (podéis verlas en el dibujo, una es la del bañador negro, la otra a penas tiene la cabeza fuera del agua). Yo estaba triste y de mal humor. Empecé a mirar el mar con cierta desazón. ¿De qué sirve crecer si el alma no supera ciertos obstáculos y sigue encadenada? Siempre pienso en el sentido de la vida cuando estoy triste. En lo rápido que se cuentan los días, y lo lentos que se suman mis retos superados. Por ejemplo. 

Pero por una vez, en vez de hundirme en el lodo de mis pequeñas miserias, cogí un boli bic, mi cuaderno, y empecé a dibujar lo que tenía delante. El dibujo en sí no es una obra de arte, ni mucho menos, especialmente porque no consigo hacer nada decente si se me quita la posibilidad de rectificar con la goma de borrar. Pero eso de empezar a rayar el papel con abandono, sin tener que preocuparse por cuadrar las cosas, solo esbozar lo que los ojos ven en un momento, tiene su encanto, es divertido, casi tanto como dejarse llevar por las olas frescas del Cantábrico.

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