El final de las estudiantes

yonkis

Translation: How about going for some ice-cream? // Yep!! Maybe they think we are junkies and they give us ice-cream for free!!

En Santander sucede como en Escocia, el verano es una actitud. Me refiero, cuando hay trece grados, humedad, y un viento frío cargado de diminutas gotitas de lluvia helada que te va calando poco a poco, a nadie le apetece llevar shorts o chanclas o tirantes. Y qué decir del cielo gris preñado de nubes negruzcas… ¿de verdad os pondríais entonces las gafas de sol?

Sin embargo es julio, se escucha el rugido del mar muy cerca y la playa es de arena ocre, con conchas y algas por doquier, y a nosotras, como buenas españolas que somos, nos han enseñado que una se va al mar en verano a bañarse, ya desde que éramos criaturas de pecho nos hacían reptar por la arena ardiente cual lagartos del desierto o nos llevaban hacia el agua para que la espuma de las olas caracoleara en nuestros tobillos. Y además, las tres somos de Madrid, donde suspiramos por gozar lo que jamás tendremos allí: la costa. 

Y así fue como ese día en Santander acabamos en el agua. Estaba tan fría como un madrugada invernal, pero si eras lo suficientemente valiente como para introducir todo el cuerpo, poco a poco se iba templando. Las olas subían amenazadoras, para terminar rompiendo violentamente sobre la arena dura y húmeda, y las corrientes te iban arrastrando nada disimuladamente hacia dentro, cada vez más cerca de la franja azul que era el horizonte, donde el mar se confunde con el cielo. Me dejé llevar, por unos instantes, en una parte profunda donde las olas apenas empezaban a crecer, y entonces una podía mecerse en ellas. La sensación de abandono, de flotar, los movimientos rítmicos del agua, y el color casi blanquecino del cielo me recordaron lo cómodo que es simplemente existir, sin tener que pensar ni hacer esfuerzo alguno, limitarse únicamente a observar el mundo  a través de la ventana de los sentidos.

Pero el frío había vuelto las puntas de mis dedos violáceas, casi azules, así que salí, y una vez en la playa me ejercité en el enrevesado arte de cambiarme el bikini húmedo por unas bragitas y un sujetador de algodón mucho más cómodos con la mano derecha, mientras con la izquierda sujetaba firmemente una toalla justo por encima del pecho. Tras mucho sudor frío y temblores -porque pese al tiempo, la playa estaba llena de gente, y de hecho tenía un matrimonio de ballenatos observándome justo en frente- lo conseguí, y aun al día de hoy me siento indescriptiblemente feliz de semejante proeza.

Luego vinieron Ana y L., temblando y mojadas, como merluzas recién pescadas, y se cambiaron conmigo. Sobre nuestros vestiditos playeros (a penas unos trapitos de colores, de esos que tan majos le quedan a una en el sur, donde todo son colores y las casas destellean blancas por la cal, pero que en el norte, no sé por qué, pierden parte de su simpatía y más bien parecen los despojos de un disfraz de carnaval) nos pusimos las chaquetas gruesas que nos habíamos traído (prevenidas de que el viento en Santander no iba a ser amable) y a penas nos calzamos unas chanclas, como si el dinero no hubiera alcanzado para comprarnos los zapatos por los que aullaban nuestros pies, morados de frío. Teníamos el pelo enredado del agua y apelmazado de sal de una manera que ningún moño o coleta terminaba por disimular. Y para más inri, Ana había decidido llevar sus posesiones (el bikini mojado y demás) en una bolsa de plástico que nos habían dado en el supermercado esa mañana.

Nos miramos, intentando disimular lo que era obvio. Parecíamos unas pordioseras, unas pobres estudiantes universitarias que han decidido ahogar las miserias de la vida académica en alcohol, y han perdido hasta los borradores de la tesis en una decadente partida de mus, y luego, para olvidar su vergüenza, han decidido darse a la droga, porque parece ser que en este país hacer una carrera ya no sirve de nada, el paro y los sueldos humillantes son ley y si uno quiere encontrar algo de esperanza más le vale echar a correr, cuanto más lejos mejor. (Lo creáis o no, nuestros profesores nos han bombardeado con este tipo de alegres comentarios la mayor parte de la carrera, y la cosa se puso más intensa en este último año).

Pero, mirando las cosas desde el bright side, así, con estas pintas, pensamos, la gente va a echarnos cosas, ¿no?

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