En busca del corazón

corazónsantander

¿Cuántas cosas hemos perdido a lo largo de toda nuestra vida? ¡Y las que nos quedan! Soy una persona particularmente despistada (aunque con el paso del tiempo esta cualidad mía se va atenuando, a fuerza de sobrevivir, debe de ser). Pero siempre que me desaparece algo, hago dos cosas. La primera es ponerle una monedita San Antonio, que eso me decía mi abuela cuando yo era una niña (aunque con el paso del tiempo este truco ha demostrado ser bastante ineficaz, porque no produce resultados visibles y a la postre es dañino para la economía). Lo segundo, deshacer el camino. Esto es cansado, pero por lo general tiene su recompensa. Si me paro a pensar en lo que hice antes de perder tal y cual objeto, y lo que es más, vuelvo a pasar por los lugares donde sé que lo tenía, suelo acabar encontrándolo, a no ser que alguna mano más avispada me lo haya arrebatado… ¿Habéis lamentado la pérdida de algún objeto especialmente querido? ¿Lo habéis llegado a encontrar? ¿Os lo han devuelto? ¿Cómo ha sido?

Que yo recuerde, hay dos cosas que he perdido y me han dado especial pena. Una de ellas fue mi colección de tazos cuando tenía ocho años. Para quien no lo sepa, los tazos eran unas cartulinas redondas que se coleccionaban (como los cromos o las canicas) y tenían dibujos de Pokemon, la serie de moda del momento. Además, también podías apostarlos con tus amigos en un juego muy bizarro que imitaba los combates de los entrenadores de pokemon de la serie original. El caso es que yo empecé a coleccionarlos porque todo el mundo lo hacía, pese al disgusto de mi progenitora, que pensaba que la susodicha serie causaba epilepsia y por tanto no me dejaba verla. Para tenerlos había que comprarse patatas fritas, porque los regalaban en las bolsas. Con el paso del tiempo llegué a tener un buen puñado de ellos, que guardaba en un monederito verde lima  con un koala dibujado que me había regalado una tía abuela. Tenía hasta a Pikachu, el pokemon más molón, por así decir, (o eso me parecía a mí). Para conseguirlo había tenido que cambiarlo por diez o doce de mis tazos, todo un lujo.

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Pikachu, la ardilla radiactiva amarilla

Y lo perdí. El monedero. Con los al menos cincuenta tazos. Con Pikachu y todo. Qué disgusto.

Para consolarme mi progenitora me compro seis bolsas de patatas fritas que venían con seis nuevos tazos con los que empezar otra colección… aunque poco después mi afición Pokemon se vería sustituida por la de Harry Potter, pero es otra historia.

A los doce años, volví a perder otra cosa muy querida. Era un anillo de plata coloreada que representaba dos peces entrelazados, uno azul y el otro verde. Lo compré en La Coruña, me costó una pequeña fortuna, pero era precioso, y lo mejor de todo, era abierto. Yo le tenía un poco de miedo a los anillos normales (he de confesar) porque cuando era bien pequeña mi madre me había contado que a un amigo suyo se le había enganchado el anillo con tan mala suerte que le había arrancado el dedo. ¿Moraleja de la historia? No llevéis anillos abiertos. Yo le tenía mucho cariño a mis diez dedos…

Pero ese anillo también lo perdí, en la piscina. Quizá fue al quitármelo antes de bañarme, o tal vez al lavarme las manos, quién sabe. Lo busqué durante días, pregunté, le puse la moneda a San Antonio… pero nada.

Mi amiga Ana, sin embargo, tuvo un poco más de suerte. En Santander perdió un colgante de oro que le acababan de regalar. ¡Un colgante de oro! Si uno pierde en España semejante cosa, ya puede olvidarse de ella, creo. Porque si otra persona ve un colgante de oro por la calle es casi seguro que lo coge. Las cosas perdidas no tienen dueño, y el oro… pues es oro. Pese a que había presagios muy negros, recurrimos a la solución dos, que es desandar el camino. El día era frío, nublado y lluvioso. No invitaba a la búsqueda, pero nos pusimos a ella con afán. Subimos una cuesta detrás de otra, desde la Universidad Menéndez Pelayo hasta el piso donde nos alojábamos, cerca del puerto. Nos perdimos un poco (era el segundo día que pasábamos en la capital cántabra) así que decidimos preguntarle a un anciano lugareño… El hombre nos escuchó, y enseguida empezó a gesticular, emitiendo unos gruñidos guturales que, por extraño que pueda parecer, eran tan elocuentes que supe sin ninguna duda que camino tomar, y al final era el correcto.

El colgante de Ana estaba en casa, en nuestro quinto piso sin ascensor, tirado en el pasillo. Se le había caído en el momento mismo en el que ella pensaba que se lo había enganchado. Yo le aconsejé ese día que comprara lotería. Porque hay que ver la suerte, que alegrías nos da si acompaña…

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