Tierras de mar, río y cumbres

Fuente de la imagen aquí: https://www.flickr.com/photos/natich/6811621507/

Santa Bàrbara, Tarragona. Fuente de la imagen aquí

Hoy me he levantado inspirada. En Madrid nos ha tocado un día gris: el cielo tiene un color desvaído y tímido, como si  ya se hubiera cansado de lucir azul estridente todo el verano. Cuando he salido al amanecer, las nubes estriadas que cubrían el firmamento (horse tails, las llaman en inglés, colas de caballo, comparación que me parece muy acertada) eran de color fucsia, luego dorado y finalmente amarillo blanquecino. Más tarde, ha empezado a llover. Ahora estoy sentada en la cocina con un té chai a mi lado y el fresco que se cuela por la ventana como única compañía, pensando que quiero hablaros de mi último viaje y lo que descubrí en él. Así pues, poneos cómodos, agarrad una bebida y abrocharos el cinturón, porque nos vamos a Tarragona.

Tarragona es una provincia de Cataluña, que está en el noreste de España. Lo que más me gustó en cuanto llegué en tren (un viaje de dos horas y media desde Barcelona) fue descubrir que es un lugar que lo tiene todo: montaña, un enorme río (el Ebro) y el mar Mediterráneo, siempre abriéndose en un horizonte claro y brillante.

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El faro vigila la marisma, ese espacio engañoso donde el verde se torna azul, y las hierbas no solo se agarran a la tierra, sino que flotan, convertidas en plantas marinas adormecidas sobre el lecho tranquilo del Mediterráneo. Todos los caminos conducen a mar abierto. Las montañas se recortan neblinosas en el horizonte más allá del mar, y el calor lo suaviza todo.

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En la parte más ardiente del Delta del Ebro solo hay desierto y algún que otro pino aguerrido que desafía al mar y al viento. Orgulloso y junto a sus amigos salvajes, el polvo y la piedra, se alza un Zigurat de madera, sombra fantasmal de aquellas construcciones íberas que un día poblaron la costa pero que hoy solo pueden verse en sueños.

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Un empresario visionario se dio cuenta de que los turistas que más visitan la costa de Tarragona en verano no eran los alemanes ni los franceses, sino nuestros hermanos de seis patas, antenas y exoesqueleto. Moscas, avispas, mosquitos, abejas y hormigas son las perennes compañeras del buen tiempo en estas tierras campestres, y se cuentan en miles de millones. Así pues, nuestro empresario diseñó este cómodo hotel de fachada rural para cubrir las necesidades de tan curiosos inquilinos. Posee vistas a la marisma, un solarium en la parte de atrás y parking gratuito en los campos de arroz que la rodean. Los precios de la habitaciones son variables, pero de junio a septiembre se cobra suplemento por temporada estival…

DSC_0072Pensé que tendría que esperar hasta visitar Japón para empaparme de ese paisaje tan particular de los campos de arroz, pero finalmente no he necesitado llegar tan lejos. Un olor seco empapa el ambiente, y las semillas amarilleadas de estas plantas de apariencia frágil empiezan a parecerse a los granos de mi cereal favorito. Los campos de Tarragona brillan como espejos, puesto que hay que encharcarlos para que crezca el arroz, que se recoge cuando presenta este color entre dorado y ocre.

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Tras la apariencia ordenada de cien campos de arroz aun me fue posible encontrar este Edén salvaje. Escondida en un refugio de madera que hacía las veces de mirador de pájaros, me deleité con esta estampa onírica. El agua del lago reflejaba el cielo mientras las nubes rosadas presagiaban el atardecer. Patos y garzas revoloteaban entre los juncos, ajenos a todos. Vi un ánade batir poderosamente las alas, recreándose en las ondas que se producían en el estanque. Todo tenía su lugar: los insectos de alambre que flotaban perezosamente sobre el agua, las golondrinas artistas que efectuaban maravillosas piruetas en picado para remontar el vuelo en el último momento. No somos necesarios, la Naturaleza sabe convivir ella sola en perfecta armonía.

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Apenas unos minutos de viaje en coche y el mar ya lo había devorado todo: los campos de arroz, la marisma, el desierto ardiente e incluso las orgullosas aves. Como un cetáceo colosal y bonachón, se extendía por todo el paisaje, y la calma de sus aguas era un expresión de gozo. El Cantábrico es pura violencia, pero a este Mediterráneo le gusta disfrazarse de charco inofensivo, convirtiendo la cresta de sus olas en unas levísimas ondulaciones cuyo único propósito parece ser el de capturar los reflejos del sol moribundo de la tarde. Nos descalzamos en el muelle de madera y empezamos a caminar. El agua nos lamía los tobillos tímidamente, y tuve la impresión de que, de haberlo querido, podríamos haber llegado hasta Menorca por lo menos. El mar, que tanto respeto me ha dado siempre, se había transformado ese día en una inocente canción de cuna.

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Más allá de las marismas y las lágrimas del Ebro, uno de los reyes acuáticos de estas tierras, se vislumbran las altas montañas envueltas en brumas. Su sombra posee los campos de arroz y vigila a todos aquellos que se internan en sus dominios.

DSC_0080Atardecer rosa y malva. El único vestigio humano es la pequeña casita de madera a la derecha. Se acabó la fiebre de los rascacielos y demás monstruos de hormigón que hacíamos para desafiar al cielo: ahora ya solo queda el respeto y la reverencia por esas criaturas que sí saben convivir con la Existencia y que aceptan, sin guerras ni lágrimas, que la vida empieza, termina y está llena de placer y crueldad. ¿Serán las livianas golondrinas nuestros próximos dioses, capaces ellas en su corta vida de recorrer tantos cielos por sí mismas? Se acercaba una tormenta entonces, y las nubes retumbaban a lo lejos, como si estuvieran intentando responder alguna de mis preguntas.

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