Tierras de mar, río y cumbres

Fuente de la imagen aquí: https://www.flickr.com/photos/natich/6811621507/

Santa Bàrbara, Tarragona. Fuente de la imagen aquí

Hoy me he levantado inspirada. En Madrid nos ha tocado un día gris: el cielo tiene un color desvaído y tímido, como si  ya se hubiera cansado de lucir azul estridente todo el verano. Cuando he salido al amanecer, las nubes estriadas que cubrían el firmamento (horse tails, las llaman en inglés, colas de caballo, comparación que me parece muy acertada) eran de color fucsia, luego dorado y finalmente amarillo blanquecino. Más tarde, ha empezado a llover. Ahora estoy sentada en la cocina con un té chai a mi lado y el fresco que se cuela por la ventana como única compañía, pensando que quiero hablaros de mi último viaje y lo que descubrí en él. Así pues, poneos cómodos, agarrad una bebida y abrocharos el cinturón, porque nos vamos a Tarragona.

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Gambas al ajillo

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A veces los placeres de la vida son los más sencillos. Por quince euros puedes comprar la felicidad en forma de un cuenquito de cerámica en el que descansan unas gambas fritas con deliciosa salsa de ajo, un premio especialmente sabroso después de un largo viaje en tren de cinco horas y media, la inquietud de haberse bajado en la parada de autobús que no era, el hecho de arrastrar dos maletas por una avenida infinita de Santander, General Dávila, y luego tener que subir cinco pisos con las susodichas… para que al final del día el cielo se ennegrezca y la lluvia cubra de humedad uniforme todo el posible atractivo turístico de la capital de Cantabria, de manera que lo más importante ya no es ir al Sardinero, sino evitar mojarse las sandalias o los pantalones cortos que una traía de Madrid.

Así pues, vivan las gambas al ajillo, aunque cuesten lo suyo, porque tomársela en un garito playero (aunque no haga tiempo de corretear entre las olas) una noche de domingo a las tantas y rodeada de amigos, eso, queridas y queridos lectores, no tiene precio. Admiro a las personas que saben encontrar la felicidad en los pequeños detalles, esa gente que se deja llevar por la vida con calma, como una hoja que navega en el río, con la verde superficie intacta, cabalgando ondas, suspendida con aparente desinterés sobre profundidades para otros mortales.

Ella (Ana) comía, yo dibujaba. Aunque al final la lluvia arruinara en parte mi dibujo, creo que las dos disfrutamos con lo nuestro. Y ya sabéis, si vais por Santander, no os olvidéis de las gambas. Happiness has no price.

El fin de los sueños

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Voy a inaugurar una nueva sección en este blog, y es que, a partir de ahora, cada mes, reseñaré un libro especial que me haya llegado alma, un libro que me inspire lo suficiente como para escribir de él e incluso dibujar. Mis palabras nacen siempre de la nada, pero mis dibujos se construyen a partir de mi deseo de reflejar dichas palabras… Libros que reflejan, como espejos, nuevos mundos a los que asomarse, sí, de eso se trata. Libros-espejo, Empezaré pues con uno de mis favoritos que leí allá por mayo…

El fin de los sueños, de Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina

elfindelossueños

(Aviso que esta reflexión sobre la obra está hecha con fines puramente ociosos y desde mi opinión subjetiva como lectora de la misma, además, contiene algunos spoilers, pero eso sí, debidamente señalizados).

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